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11/07/2005
 -Quién iba a decirnos que estaríamos aquí, a las tres de la madrugada, esperando en este pasillo a que alguien salga a danos información. Parecemos dos fantoches… -Sí, es verdad, estamos hechos un asco. Mira mi ropa-Lucía mostraba sonriente su falda llena de fango a un Carlos divertido que en ese momento le cogió la mano. -Bebimos demasiado, ¿no crees? Nunca te sentó bien el alcohol -Debí pararme en la segunda copa. Pero fue divertido verte bailar bajo la lluvia en plan actor de cine, no parecías tú… -Quizá sea eso lo mejor de la noche, que no nos pareciéramos a ninguno de los dos -¿Tú crees, Carlos? -Sí-su voz se mostraba segura -¿Por qué lo hicimos todo tan difícil? ¿Por qué llegamos a odiarnos tanto? -No lo sé, ahora cambiaría tantas cosas…Lo nuestro fue precioso, hasta que se estropeó. -¿Cuándo te diste cuenta? -No lo sé, supongo que no fue de golpe, estas cosas no suceden así, aunque no fui consciente del final hasta que no quedó nada. Es triste, no pude ni luchar… -¿Y yo? ¿Acaso pude hacer algo? -No, no te dejé opción, la verdad -¿Opción? Me enterraste viva, Carlos, no me dejaste hacer nada. Te cerraste en banda, nada te importó. Sólo tú y tu maldita felicidad…. -No sabes cómo lo siento, Lucía, ya lo hemos hablado muchas veces. Me volví loco, no sé, nunca sabré explicarme ni tú entenderme. No quería saber nada de nadie, no quería salir a la calle,…¡lo perdí todo! … -No, perdona, yo lo perdí todo, no tú- Lucía aparta con brusquedad la mano del contacto con Carlos y se la lleva con suavidad al pelo- Me dejaste subida en lo más alto, esperando a ver cómo caía. Lo pasé fatal, no estuviste ahí para ayudarme. Y ese silencio tuyo…. Eso es lo que más me duele. Sin una palabra, sin una explicación, ¿Qué coño quieres de mí ahora? ¿Por qué cojones me has llamado? -Sólo quería saber que estabas bien… -Estoy bien ¿Ves? Yo también sé mentir… -Yo no te mentí, Lucía, nunca te prometí nada… -¡Ah!¿Se trata de eso? ¿ De promesas? No me vengas ahora con que fui yo la que se lo inventó todo…Ya estoy de vuelta y media, Carlos. Estaba enamorada de ti… -¿Cómo puedes ser tan cínica? No podías darme nada…¿Qué esperabas de mí? Yo sólo intenté ponerme una armadura, no quería sufrir por ti… -Claro, con que sufriera yo ya era suficiente, ¿No?-la voz de Lucía sonaba cada vez más ahogada, apagándose entre las lágrimas -No quise hacerte daño, las cosas salieron así y ya está. Es inútil seguir hablando siempre de lo mismo. Cada vez que nos vemos acabamos igual, discutiendo por algo que no tiene remedio -Mira, me has llamado, yo he acudido a tu llamada. Me has besado y yo he olvidado todo el dolor que tenía acumulado en un solo segundo. Hemos bebido hasta emborracharnos, hemos hecho el amor….¡Cuánto te odio, Carlos! No sabes cuánto…-Lucía abría y cerraba continuamente el broche de su reloj masticando las palabras. Volvió la cara para mirarlo a los ojos-¿Por qué no me dejas en paz de una vez? ¿Por qué no te vas de mi vida y no vuelves a aparecer? Dime… -Porque no puedo, porque te veo y siento que quiero estar contigo, Lucía. Eres mi perdición. Me prometo a mí mismo verte para tomarnos un café juntos y acabamos en la cama, no puedo evitar ir hacia ti -Ya, pero luego te vas sin decir nada, hasta la próxima llamada. La culpa es mía por acudir a las citas, por ser tan gilipollas ¿Por qué nunca contestas mis mensajes ni a mis correos?¿Por qué ese maldito silencio tuyo? De verdad que no lo entiendo. Eres un capullo, Carlos, un auténtico cabronazo… -No vas a perdonarme nunca, ¿verdad? -¿Perdonarte? Llevo dos años intentando hacerlo y cuando creo que lo consigo, apareces de nuevo y todo comienza otra vez. No puedo más con todo esto. De veras que se me hace muy difícil… -¿Serviría de algo decirte que te quiero, Lucía? ¿Serviría de algo? -Sí, serviría para odiarte aún más., no lo dudes. Lucía reacciona ante unas manos que le cogen de los hombros con suavidad, y unos labios que pronuncian su nombre, Lucía Manzano, levanta la mirada y ve al médico frente a ella esperando una respuesta. Se levanta del banco precipitadamente. -Sí, soy yo ¿Cómo está? -Lo siento, señora, no pudimos hacer nada. Las lesiones internas de su marido eran incompatibles con su vida: ha fallecido. Lo siento mucho -¿Muerto? ¿Carlos muerto? ¡No puede ser! Si acaba de hablar conmigo…Estaba aquí, sentado a mi lado, decía que me quería y yo le decía que le odiaba. No puede ser…No puede estar muerto… -Está usted muy nerviosa, señora, ¿necesita ayuda? -No, estoy bien. No se preocupe. Sólo necesito tomar aire. Gracias-Lucía aún fue capaz de pensar que con su actitud la tomarían por loca ¿Estaba realmente loca?¡ Carlos acababa de hablar con ella y estaba muerto! Se dirigió dando tumbos a la escalera de incendios que quedaba al fondo del pasillo. Abrió la puerta metálica y salió al exterior. El viento meció sus ropas llenas de fango y barrió sus lágrimas. -Se acabó Carlos, se acabó…Nunca dejé de quererte. Y dejó caer la alianza al vacío.
05/07/2005
 INSTRUCCIONES PARA RASCARSE EL CORAZÓN... Hay corazones grandes, pequeños, medianos, los hay inexistentes, sin forma definida ni latido homogéneo. Hay corazones que no pican nunca quizá porque ni siquiera saben que sienten. Llevo más de 30 años intentando rascarme un corazón que cambia de ubicación de forma repentina. Unas veces el picor es tan tremendo que no puedo dormir, me impide concentrarme y me aísla un poco más. Introduzco mis uñas a través de la piel, en el centro del pecho, un poco hacia la izquierda, a veces me hago hasta heridas, pero al menos cesa el prurito. Otras veces no funciona este truco, o me coge con las uñas recién cortadas y no hay manera de rascarse. Es en esos momentos cuando pienso en mi madre. Recuerdo que ella sabía rascar los corazones como nadie…Cuando picaba por una pesadilla, cuando picaba ante la primera desilusión, ante el desamor adolescente…Ella sí sabía de rascar corazones…Y sólo tenía que abrazarme para que desapareciera esa sensación tan desagradable. Aunque a veces, el picor es tan grande que el recuerdo de mi madre se queda insignificante ante la magnitud de la picazón. Un prurito que, más que molestar, duele. Entonces, encierro mi corazón al vacío (venden unos tapper que van muy bien para ello. Claro, depende del tamaño de su corazón, el mío cabe en uno mediano), lo congelo durante un tiempo variable y cuando lo descongelo vuelve a estar preparado para ser rascado otra vez.
08/06/2005
 Me da miedo mirarme, porque cada vez que lo hago descubro algo desconocido y nuevo para mí. Yo no sabía que pudiesen tener cabida dentro de mí tantas cosas. Hace poco, se me ocurrió asomarme y abrí la caja de los fantasmas ocultos. No recordaba cuándo los escondí allí, lo que si sé fue que los encerré sin llave y , claro, ellos salieron en cuanto tuvieron la oportunidad de respirar fuera de mi cuerpo, cosa que, por otro lado , comprendo perfectamente. Si yo fuese un fantasma acorralado dentro de un cuerpo tan estrecho y aburrido como el mío, hubiese salido corriendo, como hicieron ellos. Pero no todos decidieron largarse. Había uno de esos fantasmas nostálgicos y remolones disfrazado de locura que se negó a la fuga y decidió quedarse en el adosado de al lado, es decir, en la parcela vecina a mi yo, mi otro yo En mi vida hubiese pensado que yo no era yo, sino la unión de yo más mi otro yo. Sé que es difícil y que esto parece un trabalenguas, pero es así.. Además , me recuerda que sólo con ese lado oculto, atrincherando mañanas en su lado, devorando segundos a destiempo, viviendo el momento equivocado con la persona equivocada, he conseguido rozar la gloria de lo absurdo. Esa gloria que despareció sin despedirse siquiera. Y encima se ríe…y no me deja dormir. Bueno, si se ríe es mejor que cuando le da por llorar, porque entonces desgarra mi garganta en un alarido que despierta mi lado sereno y la hemos liado. Las cinco de la mañana y sin pegar ojo. Ese fantasma que ahora se hace el dormido, sabe que lo conozco de sobra y conoce también mi punto débil: recordarme que existe, sólo tiene que asomarse un poquitín, en cada rincón, en los rostros de los demás, en las calles y en los telediarios, para que yo sea consciente de que de fantasma tiene bien poco. Y lo peor de todo es que ya le he cogido cariño y no me atrevo a echarlo junto con los demás. Lo mío no tiene arreglo…
02/05/2005
 Cuando Gádor Ruiz salió por la mañana de su casa, partiendo hacia la aventura más excitante de su monótona vida, no podía imaginar que la encontrarían muerta horas después, en la cama de un hotel barato de playa. “Estaré en la habitación 512, Hotel Virgen del Mar, el sábado a las doce. Te esperaré desnuda metida en la cama. No digas nada, no me hables, sólo acuéstate a mi lado y hazme tuya. Te deseo con todas mis fuerzas, Angelus. No te retrases… Mariel_22” Angelus metió la llave despacio en la cerradura de la habitación 512. La puerta se abrió con un ruido metálico, invitándole a pasar. La habitación estaba a oscuras con las persianas bajadas. Un espeso cortinaje doble terminaba por trasformar la claridad exterior en la más negra de las penumbras. Avanzó casi sin posar sus pies en el suelo por el estrecho pasillo que separaba el pequeño recibidor de la habitación. Oyó el sonido del goteo del agua a su derecha y aspiró el aroma del jabón mezclado en vapores aún tibios, flotando en el ambiente a su paso por el baño. Supo que Mariel ya estaba allí. Mariel yacía en la cama, tal como habían acordado en el último e-mail, echada sobre el lado derecho, vuelta hacia las cortinas. La silueta de su cuerpo desnudo insinuándose sensualmente bajo las sábanas, fue apareciendo ante sus ojos con suavidad. Se quedó mirándola hasta que las imágenes se hicieron nítidas, intentando grabar en su memoria aquella visión. La había imaginado de todas las maneras posibles, incluso recordó el tono de su voz, sin haberla oído nunca. Pensó con alivio que era un tipo con suerte. Se descalzó. Desabrochó el cinturón de cuero con parsimonia, los botones de sus vaqueros fueron abriéndose uno a uno sin oponer resistencia. Al bajarlos por sus caderas se cayeron las llaves del bolsillo, estrellándose en el suelo de gres en un inesperado estruendo. Mariel sonrió a las cortinas sin dejar de mirarlas. El momento de su encuentro estaba próximo. Un ligero estremecimiento la sacudió de arriba abajo erizándole el vello de todo su cuerpo. Angelus dejó los pantalones doblados en un banco al lado de la cómoda, le siguieron la camisa y la ropa interior, en un perfecto ritual armónico y silencioso. El siguiente paso para Angelus, era avanzar hacia la cama y meterse en ella. No hablar. No decir. Sólo el murmullo de su pecho nervioso y la respiración aparentemente tranquila de ella. Sus movimientos eran lentos, en un intento de retener ese placer extraño que le producía aquella situación tan inusual y emocionante a la vez. Por un segundo pensó en su familia, pero desechó la idea de inmediato. No había llegado hasta allí para empezar ahora con batallas mentales sobre moralidad y conciencia. Decidido, se metió en la cama y se acercó a Mariel, rozándola por la espalda, aspirando el aroma de ese cuerpo tan frágil al abrigo de la oscuridad. Pensó que olía a deseo y carne tibia. Sintió como un escalofrío el calor suave que emitía su cuerpo. Aún tenía los pies mojados por el baño. Comenzó a besarle la nuca, en un susurro de aliento. Muy bajito, olvidando su pactado silencio, le balbuceó al oído: -Vuélvete hacia mí… Mariel se incorporó de golpe sobre la cama, respondiendo a sus palabras con una reacción desproporcionada, como si aquella voz proviniese del mismísimo infierno. Entonces, sus ojos fueron capaces de encontrarse en la semipenumbra. Cuando Ramón Coca salió por la mañana dispuesto a partir hacia la aventura más excitante de su monótona vida no podía imaginar que, horas después, estaría sentado en el sofá de su casa, hablando con la policía sobre la muerte de su esposa. La encontraron en la habitación de un hotel barato de playa, con un fuerte golpe en la cabeza y signos de lucha. Destrozado y abatido por el dolor, no pudo precisar si notó algo extraño en Gádor aquella mañana ni si tenía amistades ajenas a él. Ante la pregunta cautelosa de uno de los policías sobre la sospecha de la existencia de un amante de su mujer, Ramón negó en silencio, recordó los ojos de Mariel aterrados al descubrir en la penumbra la mirada conocida de Angelus, tomó el poco aire que le cabía en los pulmones con un esfuerzo desmesurado y con voz débil y ausente murmuró: - Todos somos unos perfectos desconocidos…
07/04/2005
 A todos los que miraron atrás y no pudieron regresar La botella de ginebra se estaba acabando. La miró con una sonrisa y pensó que se había pasado bebiendo, sobre todo teniendo en cuenta que no lo hacía nunca. Bueno, no estaba llena del todo-pensaba- al menos estaba por aquí- intentaba señalar sin éxito la línea que su dedo pretendía marcar en el cristal. Una carcajada salió de sus adentros. Le sonó tan falsa la risa. Simulada como sus días, como sus palabras. Falsa como ella misma. Toda una farsa irónica. Toda una tragicomedia de pésimos actores baratos. De las carcajadas pasó al llanto en menos de un segundo y tiró la botella por los aires. “No sé vivir sin ti. No puedo vivir sin ti…” Miró el bote de plaguicida que tenía al lado. Lo tenía más que pensado, premeditado con detalle. En el fondo, esa idea del suicidio no era para ella. Estaba todo preparado para él. Para demostrarle cuánto le odiaba y restregarle su culpa. Era él el culpable de que ella acabara así, en medio del campo, borracha como una cuba y echando plaguicida concentrado a un vaso con hielo. Se lo debía porque quería hacerle daño, mucho daño, como se lo hizo él. A su cabeza embriagada por el alcohol vuelven los gritos de la noche anterior, los insultos, la mirada de él, tan fría. Esos ojos que decían que ya no sentían nada. Las palabras hirientes. El final de una vida en común. Y el portazo al salir. Observó cómo el líquido azulado se vertía sobre los cubitos derramándose entre ellos, acariciándolos mientras éstos flotaban cada vez más arriba. Mojó un dedo en el vaso, ya nada podía hacerla cambiar de opinión. -Va por ti, Angel, mi vida y yo brindamos por ti. Y se llevó el vaso a los labios…. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? En el viaje de estudios, en aquella casa rural. Éramos tan jóvenes…Tú pusiste la mochila en la única cama que había en la casa y dijiste muy serio”Aquí duermo yo” Yo, casi no te dejé terminar y dije muy segura: ”No, perdona, esta es mi cama” Vimos el amanecer juntos, colándose por aquella ventana tan alta. Los demás pasaron la noche en el salón en los sacos. Nos volvimos locos. Nos hemos querido tanto… Me duele el pecho, me quema la garganta. ¡Dios mío, qué he hecho! ¡No quiero morir!¡No quiero morir! Nadie pudo oír sus gritos, no llegaron a salir de su garganta. Águeda ingresó en la Unidad de Cuidados Intensivos a las doce de la noche en coma etílico. La encontró su marido en el porche de su casa oliendo a ginebra, las ropas impregnadas de un olor nauseabundo, quemaduras en la boca y las manos secas y resquebrajadas. Cuando despertó, su desesperación desbordaba el alma de todos los que estábamos allí. No quería morir. No quería morir. Los resultados de toxicología demostraron que había tomado una dosis letal de Paraquat, un plaguicida altamente tóxico, sin antídoto conocido. La muerte era irremediable a corto plazo, unos días tal vez. Para evitarle la conciencia de su propia muerte, la anestesiaron. Águeda murió a la mañana siguiente, aún tenía lágrimas en los ojos.
26/03/2005
De pequeño tenía a su madre amargada con sus amigos invisibles. Porque la imaginación de Ernesto -Ernestito en aquella época-no se conformó con tener un amigo invisible como todos los demás niños, no. Ernestito tenía a su alrededor una guardería entera de amigos invisibles, todos con sus nombres, sus gustos y sus colores. Y todos vivían en su casa, se sentaban en su cama, comían a su lado y utilizaban su cuarto de baño. La obsesión de Ernestito con sus múltiples amigos invisibles, con quienes tenía largas conversaciones a lo largo del día haciéndolos partícipes de su vida de forma activa, llevaron a sus padres a consultar un psicólogo infantil. Tras observar éste la conversación de aquel chiquillo peinado a la taza con tres de sus amigos, frunció el gesto y comenzó a decir con voz calma :
-A su hijo no le pasa nada. Tan sólo es un poco más fantasioso que los demás niños. Vive en un mundo imaginario inventando historias más o menos caprichosas. No le hagan mucho caso. A medida que vaya creciendo, sus amigos invisibles irán desapareciendo. Los adultos también tenemos fantasías, forman parte de la estabilidad emocional. En cierto modo, cuando fantaseamos nos convertimos en niños que juegan con el fin de conseguir que ciertos deseos inalcanzables se hagan realidad aunque sólo sea por un momento …¿Ustedes no tienen fantasías?
La madre de Ernesto creyó pensar que aquel hombre era capaz de leerle el pensamiento, pues en ese mismo instante en que les preguntó, ella fantaseaba con aquellos labios que pronunciaban suavemente palabras tan coherentes y tan bien hilvanadas. Bueno, en realidad, lo estaba imaginando susurrándole palabras al oído. Dio un respingo. Pagaron la consulta, un dineral por cierto, para irse de allí de nuevo con Ernestito y la patulea de niños corriendo por el pasillo detrás de él. Habría que tener paciencia…
Ernesto fue olvidando sus amigos de la infancia y los fue reemplazando como todos los adultos casi sin darse cuenta, de forma inconsciente por otras preocupaciones más acordes con su madurez. Su mundo fantástico se fue emborronando de días vividos, de trabajo, de cotidianidad e hicieron de Ernesto un hombre maduro y formal, con un trabajo, una familia y una vida estables, donde la fantasía ocupaba el mínimo espacio. Echaba de menos a Susanita, Carlitos, María, Pete y Andresito, sus pequeños amigos de la infancia, los que antes se fueron. No había podido olvidar a Mónica, la invisible adolescente donde proyectaba el despertar de sus sentidos. Ella se fue un día cualquiera sin decir adios. Nunca más volvió, no entendió por qué. Ernesto no los había borrado de la memoria, aunque ya no sabía cómo hablar con ellos. La verdad es que aquello de fantasear estaba bien, era divertido y nunca se sentía solo en casa. Ojalá pudiera volver a verlos, aunque para fantasear hacía falta mucha imaginación, y ya no estaba él seguro de tenerla. Un día, comenzó a escribir guiado por una pluma invisible que le empujaba a sembrar letras en folios en blanco. Después, le resultó mucho más cómoda la máquina de escribir para hacerlo. Era como si las palabras saliesen solas desde las teclas. Después se compró un ordenador, mucho más práctico, sobre todo por lo que ahorraba en papel. Y cuando descubrió la ADSL, Susanita, Carlitos, María, Pete, Andresito e incluso Mónica, reaparecieron como si nunca se hubiesen marchado de su cabeza.
22/03/2005
 Tuvo que hacer mil esfuerzos para levantarse de su postración, lavarse la cara con lágrimas atrasadas, enjuagarse la boca de palabras no dichas y vestirse de luto por un tiempo enterrado vivo. Un tiempo que aún latía bajo la tierra infértil de su soledad. “Quiero que sufras, al menos la mitad de lo que yo he sufrido. No quiero que seas feliz, nada más lejos de mis deseos. Quiero que te sientas perdido, que no tengas dónde ir Quiero que se envenenen tus días de ese sabor amargo que yo siento Quiero que se agoten tus sueños Quiero que te manches de dolor, yo nado en él Quiero que olvides tus recuerdos, que no seas nadie Quiero que llores, que pruebes el sabor de tus lágrimas por mí Quiero que te mueras por dentro-yo ya lo estoy -, que no levantes cabeza. Quiero que sufras…al menos la mitad de lo que yo sufro… …Porque te amo, maldita sea, te amo y no sé cómo coño dejar de hacerlo…” Abatida por el llanto y las pastillas le invade el sueño. No hay palabras, no hay pensamientos, sólo traducciones múltiples de un dolor superlativo que la está destrozando. Sólo quiere dormir, dormir, dormir…
21/03/2005
 .. LA BRUJA Y EL DIABLO Era la criatura más hermosa que había visto jamás... La observaba embelesado escondido tras el escaso ramaje, en la otra orilla del río, donde ella danzaba al ritmo de notas de canciones extrañas, sones que no contenían palabras. Extraños y bellos ecos salían de aquella garganta divina o de aquel cuerpo omnipotente. La luna llena reflejada en las calmas aguas, su estela plateada interrumpida por aquella figura ondulante. La quietud de la noche, el sonido de su cuerpo adentrándose en el agua…de nuevo la danza…y esa larga cabellera que se hundía en el río mojándose de estrellas. Ella miró hacia donde él se encontraba y sus ojos se cruzaron por un segundo. Salió del agua, lentamente. Su cuerpo desnudo avanzó hacia los arbustos, deslumbrante, sensual, eterno… Se acercó. Sus ígneos ojos brillaban. La noche, el río, el fuego…Puso sus dedos tibios en sus labios, mientras murmuraba en un lenguaje incomprensible bellas palabras de amor al alma. Enlazados, cayeron en el suelo rodando. Las pieles se unieron en un poema, meticulosa estrofa de sueños. Las bocas susurraron promesas eternas, las caricias marcaron la desnudez de sus cuerpos. Él cayó rendido en el abismo de sus pechos. Los sexos se saludaron con avidez dolorosa, mientras él intentaba nuevamente mirarla a los ojos, sin éxito. El agua, el río, la luna, su pelo… Despertó en medio de un claro del bosque. No recordaba cómo había llegado hasta allí. A su lado, restos de un fuego extinguido y sus ropas desgarradas. Agotado, miró en derredor y se encontró en el centro de un círculo formado por doce piedras, perfectamente colocadas. Se miró el pecho y observó una marca roja. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, de arriba abajo, de dentro a fuera, de fuera a dentro…y salió corriendo. • * * * * * Todo estaba preparado. La muchedumbre se agolpaba en la plaza de la aldea dispuesta a presenciar el espectáculo. Lo que sería después la gran pira presidía el centro de la plaza. El jurado, a la derecha, en un improvisado palco, esperaba el gran momento La muchacha fue conducida hacia la que sería su hoguera mortal. Llevaba el rostro tapado con una capucha negra. No se atrevieron a descubrirle el rostro desde su captura nocturna. Sabían que las brujas, a la luz del día, se convertían en una visión terrorífica imposible de olvidar para los ojos humanos. Annia apenas podía andar. Su cuerpo maltratado agotaba los últimos momentos de cordura con un paso lento, arrastrado, intentando mantener su cabeza encapuchada erguida, como si sus ojos adivinasen a través del oscuro paño los ojos que la seguían. La multitud bajaba la cabeza a su paso, muerta de miedo Su cabello rojizo y ondulado se dejaba caer sobre los pechos pequeños, desafiando ese sol magnífico de aquella primavera de 1394. Todo estaba listo. Al fin se haría justicia. La bruja iba a ser quemada. El juicio fue rápido. Demasiados testigos juraron ante Dios ofreciendo su testimonio. Hubo quien la vio preparar sus ungüentos para volar, mezclando corteza con unto de caballo y culebra, para después impregnarse las corpas y las ingles al tiempo que decía las palabras prohibidas: “De viga en viga con la ira de Dios y de Santa María” Otros tantos oyeron sus cánticos sin palabras, ofreciendo su cuerpo al diablo que, unas veces con apariencia humana y otras de macho cabrío, se acercaba al claro del bosque para deleitarse en su cuerpo, tras una serie de danzas más allá del Serc , hasta completar el círculo de trece. Juraron llegar a ver cómo las uñas de la muchacha se clavaban en la espalda de la bestia y afirmaban que aquellos gemidos les perseguían en sueños, terribles ensoñaciones que no cesaban desde entonces. La vieron quitarse la piel y ponerla en remojo en una tinaja antes de subirse a la escoba, maldecir a Dios, beber la sangre de niños pequeños muertos en sus manos… Hubo hasta quién afirmó haber visto a la muchacha de la anaranjada cabellera cortar una caña verde a la luz de la luna para hacerse su escoba, rellanarla de pelo de macho cabrío negro tras secarla sobre una tumba, mientras pronunciaba de nuevos las palabras prohibidas al tiempo que introducía los pelos por cada uno de los siete agujeros de la caña: “Furgiten infernales legiones por las fauces del cancerbero y por medio de Plutón y Proserpina” Aunque la prueba definitiva, la que tuvo más peso, fue la marca de Annia en su pecho: Una mancha rosada con forma de pétalo de rosa, insensible a los castigos, según sus torturadores. Sólo las brujas eran marcadas por el diablo, para ser reconocidas. Definitivamente era una de ellas. Y hoy se haría justicia. Se hizo un silencio expectante en la plaza de la aldea cuando la muchacha fue maniatada en el centro junto a los matorrales que habrían de arder poco después. Thomas se hizo un hueco entre la multitud, empujado por un sentimiento extraño que lo conducía hacia las proximidades de la bruja. Iba como hipnotizado, guiado a su destino con paso firme y con voz callada. El silencio se prolongó durante unos minutos. No se oían las aves. No se oía el viento. Silencio infernal. O silencio divino. Sólo la respiración profunda de la muchacha que hacía mecer sus rizos anaranjados en un suave compás. Sólo el sonido del miedo de la gente que purgaba sus culpas en la hoguera ajena. Thomas se adelantó y se dirigió a los miembros de los hombres sabios, aquellos que habían sentenciado a muerte a la muchacha y pidió ver la cara de la condenada. Continuó el silencio. La muchacha murmuró algo ininteligible y su verdugo le quitó la capucha dejando su rostro al descubierto. Y dirigió sus ojos hacia Thomas y se quedaron en los de él. No tenía miedo. Antes de morir quemada, tenía que decirle algo… Thomas sintió su mirada como una puñalada…Un vértigo que casi le hizo perder el equilibrio se apoderó de él. El tiempo pareció detenerse, sólo por un instante. Entonces, escuchó su voz… Oyó su cuerpo en el río, noche tras noche, durante doce ciclos de luna. Sintió su calor, su olor y su pecho chocando con el suyo a la orilla del río. Entendió en un segundo el por qué de su apatía, su sonambulismo y su sueño perenne. Era ella. Nunca consiguió mirarla a los ojos …hasta ahora. Aquellos ojos que invitaban al deseo, brillantes y eternos. Aquellos ojos que tantas veces quiso mirar, emborrachado de deseo. Ahora, frente a la hoguera supo el significado de todo lo vivido. Supo por qué su cuerpo caminaba sin saberlo las noches de luna llena. Supo por qué amanecía desnudo en el claro del bosque, desmemoriado y cansado. Incluso pudo ver cómo cada ciclo lunar se añadía una piedra más al círculo… Una brisa ligera le trajo el olor de la muchacha y lo aspiró. Dejó de mirarla a los ojos y descendió lentamente por su cuello, sus incipientes pechos, su cintura, sus delgadas piernas…y quiso morir en ese cuerpo, como otras tantas veces. Alguien prendió la hoguera, el tiempo se acababa. La muchacha, lejos de gritar ni se inmutó. Todo cuanto quería ver estaba frente a ella. Se llevó las manos blancas a la incipiente curva de su ombligo y le sonrió. Allí estaba la decimotercera piedra, la que cerraba el círculo. Nadie pudo evitar que Thomas saltara al fuego y se abrazara a ella. Más allá del Serc, cuando la noche es calma y las estrellas brillan reflejadas en el río, la bruja y el diablo siguen amándose con ese deseo brutal que sobrepasa los deseos humanos. El agua, el río, la luna, su pelo, sus cuerpos entrelazados…por toda la eternidad
08/03/2005
 ...Todo estaba preparado. La muchedumbre se agolpaba en la plaza de la aldea dispuesta a presenciar el espectáculo. Lo que sería después la gran pira presidía el centro de la plaza. El jurado, a la derecha, en un improvisado palco, esperaba el gran momento La muchacha fue conducida hacia la que sería su hoguera mortal. Llevaba el rostro tapado con una capucha negra. No se atrevieron a descubrirle el rostro desde su captura nocturna. Sabían que las brujas, a la luz del día, se convertían en una visión terrorífica imposible de olvidar para los ojos humanos. Annia apenas podía andar. Su cuerpo maltratado agotaba los últimos momentos de cordura con un paso lento, arrastrado, intentando mantener su cabeza encapuchada erguida, como si sus ojos adivinasen a través del oscuro paño los ojos que la seguían. La multitud bajaba la cabeza a su paso, muerta de miedo Su cabello rojizo y ondulado se dejaba caer sobre los pechos pequeños, desafiando ese sol magnífico de aquella primavera de 1394. Todo estaba listo. Al fin se haría justicia. La bruja iba a ser quemada. El juicio fue rápido. Demasiados testigos juraron ante Dios ofreciendo su testimonio. Hubo quien la vio preparar sus ungüentos para volar, mezclando corteza con unto de caballo y culebra, para después impregnarse las corpas y las ingles al tiempo que decía las palabras prohibidas: “De viga en viga con la ira de Dios y de Santa María” Otros tantos oyeron sus cánticos sin palabras, ofreciendo su cuerpo al diablo que, unas veces con apariencia humana y otras de macho cabrío, se acercaba al claro del bosque para deleitarse en su cuerpo, tras una serie de danzas más allá del Serc , hasta completar el círculo de trece. Juraron llegar a ver cómo las uñas de la muchacha se clavaban en la espalda de la bestia y afirmaban que aquellos gemidos les perseguían en sueños, terribles ensoñaciones que no cesaban desde entonces. La vieron quitarse la piel y ponerla en remojo en una tinaja antes de subirse a la escoba, maldecir a Dios, beber la sangre de niños pequeños muertos en sus manos… Hubo hasta quién afirmó haber visto a la muchacha de la anaranjada cabellera cortar una caña verde a la luz de la luna para hacerse su escoba, rellanarla de pelo de macho cabrío negro tras secarla sobre una tumba, mientras pronunciaba de nuevos las palabras prohibidas al tiempo que introducía los pelos por cada uno de los siete agujeros de la caña: “Furgiten infernales legiones por las fauces del cancerbero y por medio de Plutón y Proserpina” Aunque la prueba definitiva, la que tuvo más peso, fue la marca de Annia en su pecho: Una mancha rosada con forma de pétalo de rosa, insensible a los castigos, según sus torturadores. Sólo las brujas eran marcadas por el diablo, para ser reconocidas. Definitivamente era una de ellas. Y hoy se haría justicia. Se hizo un silencio expectante en la plaza de la aldea cuando la muchacha fue maniatada en el centro junto a los matorrales que habrían de arder poco después. Thomas se hizo un hueco entre la multitud, empujado por un sentimiento extraño que lo conducía hacia las proximidades de la bruja. Iba como hipnotizado, guiado a su destino con paso firme y con voz callada. El silencio se prolongó durante unos minutos. No se oían las aves. No se oía el viento. Silencio infernal. O silencio divino. Sólo la respiración profunda de la muchacha que hacía mecer sus rizos anaranjados en un suave compás. Sólo el sonido del miedo de la gente que purgaba sus culpas en la hoguera ajena. Thomas se adelantó y se dirigió a los miembros de los hombres sabios, aquellos que habían sentenciado a muerte a la muchacha y pidió ver la cara de la condenada. Continuó el silencio. La muchacha murmuró algo ininteligible y su verdugo le quitó la capucha dejando su rostro al descubierto. Y dirigió sus ojos hacia Thomas y se quedaron en los de él. No tenía miedo. Antes de morir quemada, tenía que decirle algo… (Cont…)
28/02/2005
 Era la criatura más hermosa que había visto jamás... La observaba embelesado escondido tras el escaso ramaje, en la otra orilla del río, donde ella danzaba al ritmo de notas de canciones extrañas, sones que no contenían palabras. Extraños y bellos ecos salían de aquella garganta divina o, tal vez, de aquel cuerpo omnipotente. La luna llena reflejada en las calmas aguas, su estela plateada interrumpida por aquella figura ondulante... La quietud de la noche, el sonido de su cuerpo adentrándose en el agua…de nuevo la danza…y esa larga cabellera que se hundía en el río mojándose de estrellas. Ella miró hacia donde él se encontraba y sus ojos se cruzaron por un segundo. Salió del agua, lentamente. Su cuerpo desnudo avanzó hacia los arbustos, deslumbrante, sensual, eterno… Se acercó. Sus ígneos ojos brillaban. La noche, el río, el fuego…Puso sus dedos tibios en sus labios, mientras murmuraba en un lenguaje incomprensible bellas palabras de amor al alma. Enlazados, cayeron en el suelo rodando. Las pieles se unieron en un poema, meticulosa estrofa de sueños. Las bocas susurraron promesas eternas, las caricias marcaron la desnudez de sus cuerpos. Él cayó rendido en el abismo de sus pechos. Los sexos se saludaron con avidez dolorosa, mientras él intentaba nuevamente mirarla a los ojos…sin éxito. El agua, el río, la luna, su pelo… Despertó en medio de un claro del bosque. No recordaba cómo había llegado hasta allí. A su lado, restos de un fuego extinguido y sus ropas desgarradas. Agotado, miró en derredor y se encontró en el centro de un círculo formado por doce piedras, perfectamente colocadas. Sintió una punzada en el pecho y observó una marca purpúrea que no tenía antes… Le sacudió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, de arriba abajo, de dentro a fuera, de fuera a dentro…y salió corriendo… (continúa)
15/02/2005
 TRES CARTAS (II) (...)“Yo conocí al diablo. Puedes pensar que estoy loca, zumbada, como decís hoy o que se me ha ido la pinza. Puedes pensar lo que quieras. Pero yo tengo mi historia y quiero que la sepas antes de esto. Le conocí una tarde aburrida matando el tiempo que pasaba despacio. Lo peor de todo es que me avisaron y no quise hacer caso, imbécil de mí. Aunque sé que hoy volvería a hacer lo mismo. Es curioso cómo intentamos dar explicaciones a todo cuanto nos sucede. Parece que así las cosas hacen menos daño o, al menos, no las sentimos como elementos adversos. Todo tiene una explicación, un por qué, una razón de ser, me decía. Todo…menos él Me enredé en sus dedos, me dejé llevar, no puse resistencia. Ciega, sorda, muda, vacía de ideas, embelesada, borracha de amor, preñada de magia y de carne. Dejé de lado a mis amigos, a mi familia, a todos cuantos me querían y observaban mi cambio. Aquellos que me conocían y se percataban de que ya no era la misma, intentaron por todos los medios tenderme sus manos, sus ojos, sus palabras. No quise ver nada. No quise oír nada. No quise pronunciar palabra Mi presente tardó en desplomarse lo que tardan las mañanas en pasar, como la torre atravesada por el rayo. Me volví huraña, introvertida, inaccesible, blindada y egoísta. Mi futuro se quedó tan pegado a él que él era mi futuro Sufrí. Sufrí mucho. Sé que no fui la única. Ahora que mis manos tiemblan cuando acarician, mi cuerpo anida mil restos de días vividos y sólo me quedan recuerdos, le sigo esperando. Él vuelve cada noche. Mi piel vuelve a tener veintitantos años, mis pechos erguidos sienten su caricia, mi boca vuelve a tener sed y el fuego se apodera de mí y me entrego a él. Olvido mi odio. Olvido mis rencores. Olvido hasta mi nombre y le regalaría mi alma una y otra vez, como hice siempre. Todo por tenerlo una vez más. Yo conocí al diablo, él me dejó su marca: la maldición de desearlo en cuanto cierro los ojos y de soñarle todas las noches de mi vida. Sólo a él. Vivo con ella. Moriré con ella” -No me pidas ahora que te eche las cartas. Yo arruiné mi vida, aunque no me arrepiento. -Sí, por favor. Dicen que aciertas en todo lo que auguras. Me muero de ganas por saber qué me depara el futuro. Adelante. -No es buen día, ladran los perros, es sábado y he oído a un niño llorar… -No importa asumo el riesgo. Observé la belleza de aquella muchacha intrigada. Me recordó a mí. Comencé a barajar las cartas, sabiendo que con ello, probablemente, destrozaría su vida. Pero ya era tarde. Ya no era yo quien barajaba - Una tirada simple: tres cartas. La primera, el pasado. La segunda, el presente. La tercera, el futuro. Corta con la mano izquierda. Bien. Veamos… El Sol, la Torre, el Diablo…
14/02/2005
 TRES CARTAS Todo empezó por una apuesta. Tonterías de una tarde de aburrimiento cuando no sobra el trabajo y quedan aún cuatro horas de jornada. Entre risas, bromas y miradas esquivas el tiempo se detuvo entre aquellas paredes y se abrió la puerta hacia una cuarta dimensión. Sentada ante la echadora de cartas vestida de blanco, observaba divertida los gestos de la bruja de alquiler, muy seria ella y muy puesta en su papel de adivinadora, barajando las cartas que había sacado de un paño negro con la mano izquierda, encendiendo la vela con movimientos lentos, respirando hondo y cerrando las persianas para que no se oyeran los ladridos de los perros en la calle. -Elige tres cartas del montón con la mano izquierda. Ella alargó la mano y escogió dos cartas sin pensar. -Una tercera, vamos que no tenemos toda la tarde Una carta sobresalía sobre las demás. Eligió esa. -Ahora pon tu mente en blanco…¿Ya? -No puedo poner mi mente en blanco si me miras con esa cara. Me das risa… -Oye, que esto es serio ¿Quieres que te eche las cartas o no? -Sí, pero dime todo lo que veas. No te guardes nada ¿Lo prometes? -No puedo hacer promesas de ese tipo. Te diré lo que crea conveniente, que para eso soy la bruja. Voy a hacerte una tirada simple. Lentamente fue dándole la vuelta a la primera carta, el pasado . - Veamos…El Sol, tu pasado: has tenido una vida feliz, llena de ilusiones. Eres una persona justa y equilibrada, punto de encuentro para los demás, que confían en ti porque les has demostrado que pueden hacerlo. Eres una persona querida y admirada. Buen comienzo. Segunda carta, el presente: La torre, del revés. A ver la tercera…El diablo, del revés…Bueno, mejor lo dejamos para otro día…-comenzó a decir la bruja vestida de blanco - ¿Cómo que lo dejamos para otro día? ¿Qué has visto? Has visto algo malo, te ha cambiado la cara. No quiero dejarlo para otro día… - Pero si yo echo las cartas con mi chuleta a cuestas, tonta. No tengo ni idea de esto, en serio. Es una chorrada. Vámonos de aquí.-Comenzó a recoger la baraja y a doblar la chuleta que, efectivamente, llevaba y había desplegado en la mesa junto a la vela que amenazaba con extinguirse. Además , los perros no paran de ladrar, mal augurio. No es buen momento para hacerlo. Encima es sábado, no se pueden echar las cartas un sábado ¿lo sabías? Trae mala suerte. - De aquí no nos vamos hasta que no me sueltes lo que dicen estas dos puñeteras cartas, me estás asustando. - Te esperan malos tiempos: Desilusiones, caídas desde tu cielo, eso simboliza la torre. Todo aquello en que creíste se desmoronará. Sufrirás decepciones, miserias, antes de lo que tú piensas. El futuro no aparece mejor. Pero bueno, no les hagas caso, son sólo cartas y yo, sólo una bruja de pacotilla… - ¿Qué has visto realmente? Háblame claro ¿Y el Diablo?¿Qué significa? - No he visto nada más- mintió Volvieron a entrar en la sala con los demás que las esperaban divertidos. La bruja dejó de ser bruja y ella dejó de ser consultante. Aunque ninguna de las dos podía dejar de pensar en los momentos previos. La bruja porque quería a su amiga. Ella, porque acababa de descubrir que su vida tenía vacíos a partir de ese momento en que se cruzó con aquellas cartas y con aquellos ojos de su compañero que la desnudaba por encima de lo físico. Si él era el diablo del que hablaban las cartas no era ella nadie para llevarle la contraria a su destino, aunque después se arrepintiera de haber pasado tan sólo un minuto de su vida en aquel fuego que quemaba sin dejar cicatrices externas que curar. (Continuará)
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