Blogia

Calavera Infernal

Derivando

Derivando

“A Gisela y a Jesús por su espíritu... tan presente. A Susana por su paciencia y dedicación en este proyecto... A todas las demás personas que han colaborado en este proyecto...
Gracias... Espero que sus vidas continúen Derivando por los caminos que ellos han previsto...”

Jimul Abdallah Ibrahim

A las cinco de la mañana no se puede pretender que alguien ande sobrio por ninguna ciudad, y menos aún por esta especie de hormiguero desolado en el que sólo los gatos y yo comprendemos la perfección de las estrellas...

...Mis movimientos son torpes, voy tropezando con todos los objetos que encuentro a mi paso, pero lejos de sentirme mal, gozo de esta extraña sensación... Mi cerebro abotargado por la unión de Walter con Cocacola, ha provocado unos síntomas muy curiosos... La dura jornada me ha obligado a llegar a esta situación tan extrañamente maravillosa... Por la mañana mi pareja, por la que he luchado tanto, me dice que no me comprende, que quiere aire libre y que sus metas son diferentes a las mías (una mierda, en castellano)... Continúo con la jornada, y en mi trabajo me obligan a hacer cosas, por las que nunca hubiera tragado, pero trago y me convierto en un ser servil y burgués (el dinero me sostiene como a todo el mundo) Por la noche, deseo no pensar en nada y voy al concierto, son fiestas en la ciudad donde vivo... ¡¡¡Coñazo!!! Han traído una actuación de mierda, mi espíritu no está de ánimo para aguantarlo... Me voy a un bar (mi única solución lógica es hacer un trío con Walker y Cocacola -ellos nunca me defraudarán-) Éste es mi estado actual, en este momento percibo el olor suave pero intenso del mar, y hacia él me encamino, tropezándome y perdiendo el equilibrio, pero sin caerme...

Llego a la costa, e impulsado por una sensación necesaria correteo por la playa, ESTOY LIBRE, busco desesperadamente el agua... Llego a ella, me zambullo (...)

(…) Siento la sal en cada uno de mis poros como si millones de abejas trataran de clavarme sus aguijones. Es la densidad lo que me hace ser tan ligero, la densidad de la sustancia que me empuja hacia arriba. Pero yo quiero bajar, al fondo, quiero sucumbir allá abajo junto a aquel galeón y esas monedas que brillan ahora, de noche. Ser pesado, ser pesado, piensa en ser pesado, me digo; una fuerza centrífuga me aleja del punto abismal al que quiero agarrarme y me expulsa del reino de las algas, ser pesado... Dios, no veo nada, abre los ojos, cojones, pero no la boca. El galeón... mi galeón se ha ido, ser pesado, cierra los ojos, a ver si vuelve el galeón, ser pesado... no puedo respirar, cierra los ojos y duerme...
(continuará)

Jimul Abdallah

Angustia

Angustia

Por fin había llegado el verano. Ya era el tiempo en que las temperaturas suben, las ropas se aligeran tanto como las costumbres, cuando se duerme menos y probablemente se vive más. Rodrigo Rodríguez todavía tenía que trabajar durante un mes antes de las vacaciones pero su familia ya estaba haciendo todos los preparativos para el inmediato veraneo. Las maletas estaban abiertas sobre la cama, con la ropa rebosando, todos los juguetes de playa de Adriancete habían sido desempolvados después de haberlos rescatado del trastero donde pasaron todo el invierno. Las toallas esperaban colgadas en el respaldo de la silla hasta que alguien encontrara una bolsa apropiada para guardarlas. Rufo, el perro terrier de la familia, parecía intuir que algo pasaba y coleteaba nervioso entre las piernas de sus dueños echándoles el aliento en los tobillos. ?¡Quita Rufo, que hace mucho calor!-
Rodrigo adoraba a su familia aunque también disfrutaba del tiempo en el que hacía honor a su apellido. La de bromas que soportaba cada año en esta época. -¿Que, ya estás de tú mismo? ? Le solía dar una palmada en la espalda Mateo, su compañero despacho, todos los años. Rodrigo acostumbraba a pasar la época de Rodríguez bastante tranquilo. Casi nunca salía de juerga, normalmente llegaba a casa temprano, se preparaba algo de cenar y cogía un libro o veía una película. Nada extraordinario, pero le gustaba esa tranquilidad que sabía pasajera. Otra cosa es que esa soledad pudiera ser duradera, eso no lo habría soportado. Rodrigo no era una persona solitaria, todo lo contrario, le encantaban las reuniones con amigos y disfrutar de la familia.
Llegó la hora de la partida. Ya estaban todos los bultos cargados en el coche después de grandes esfuerzos para cerrar la portezuela del maletero y alguna que otra discusión sobre el hecho de si era necesario llevar tantas cosas o no, Rufo subió al asiento de atrás meneando el rabo de un lado a otro como si fuera un atizador, Adrián se sentó en el asiento especial para sus veinte kilos y Chelo, la mujer de Rodrigo, estaba colocando los retrovisores del Mazda a su medida.
-Ten cuidado en la carretera ? Le dijo Rodrigo a Chelo metiendo la cabeza por la ventanilla para darle un beso rutinario en los labios. ? Y tú pórtate bien y hazle caso a mamá. ? Adriancete asentía con la cabeza sin ni siquiera mirar a su padre pues estaba muy ocupado organizando los muñecos con los que jugaría durante el viaje.
Rodrigo observó cómo el coche desaparecía por la esquina de la calle encendiendo las luces de freno, después entró en casa y se puso a cenar la lasaña que Chelo le había dejado preparada en el horno. Se había hecho tarde, así que se fue a la cama a leer un rato el libro que llevaba a medias. Cuando había leído unas cuantas páginas, empezó a darle sueño, dejó el libro a un lado, estiró el brazo para alcanzar a apagar la luz y suspiró: -?Mañana será otro día? ?
De repente algo lo despertó, un ?Tuuut- tuuut? que, aunque le sonaba familiar, no tenía del todo controlado. ?Es el teléfono. ¿Quién puede ser a estas horas??. Descolgó el nuevo supletorio que habían comprado el día anterior después de que Adrián, usando el viejo como martillo destructor sobre su juego de construcciones, hubiera cambiado la utilidad del aparato.
- ¿Diga? ? Dijo todavía somnoliento
- ¿Señor Rodríguez? ? Al otro lado del teléfono había una voz seca de hombre, totalmente desconocida para él.
- Si, soy yo. ¿Quién es?
- Soy el Cabo Romero, de la Guardia Civil.
Rodrigó terminó de despertarse y alarmándose preguntó:
- ¿Qué pasa?
- Tengo que darle una mala noticia ? El cabo tenía ahora una voz dubitativa
- ¿Qué ocurre?
- Señor Rodríguez... Su familia ha tenido un accidente.
- ¿Qué dice? ¿Cómo ha sido? ¿Cómo están?
- Me temo que mal, señor Rodríguez
- ¿Pero que... que ha ocurrido?
- Señor, debería usted acudir a las urgencias del Hospital de La Vega Baja
- Voy para allá enseguida.
Rodrigo cogió la ropa que había dejado arrugada a los pies de la cama para ponerla a lavar al día siguiente, el pantalón parecía haber tomado vida propia y se resistía a volver a cumplir con su obligación a esas horas tan intempestivas, por fin lo pudo dominar, acertó a introducir el pie por la cavidad correcta, lo subió, cerró su bragueta y se fue poniendo la camisa mientras salía corriendo por el pasillo. Buscó en el cajón del aparador del recibidor, sacando un llavero y otro y otro más, hasta encontrar las del coche pequeño. Corrió al garaje. El ascensor tardaba demasiado en acudir, decidió bajar andando. Bajó saltando las escaleras de tres en tres. Al llegar al auto puso el contacto y se dio cuenta de que apenas tenía gasolina. ?¡Hay que ver! Chelo siempre lleva el coche igual?. Al recordar a su mujer le vino un nudo a la garganta que casi no le dejaba respirar, salió por la puerta del garaje y se dirigió rápidamente hacia las afueras. ?Creo que llego con esta gasolina? iba pensando. Torció por varias calles hasta llegar a la entrada a la autopista que se dirigía a la costa.
Mientras conducía, Rodrigo no hacía más que pensar en su mujer y su hijo, cómo los había despedido hacía pocas horas ?¿Por qué no le daría un abrazo a Adrián cuando se fueron??. Se sentía mal por haber deseado que llegara ese día en que le dejaban solo. ?Pobre Chelo... ¿cómo estará??. Rodrigo se temía lo peor. La forma en la que el guardia le había dicho cómo estaban no le había gustado nada. Calculaba que le quedaba todavía una hora para llegar.
Cuando empezó a ver los carteles que le indicaban su salida se alivió un poco. Ya estaba cerca, pronto estaría con los suyos. Al dejar la autopista, el coche hizo un ruido extraño y comenzó a detenerse. Rodrigo apretó más el acelerador, pero no respondía. Miró la aguja de la gasolina y estaba totalmente acostada sobre el cero. -¡No. Ahora no!-. Gritó con desesperación mientras golpeaba el volante de goma. -¡Maldita sea mi suerte-. Aparcó en el arcén de la carretera y salió desesperado a ver dónde podía encontrar ayuda. Varios coches que salían de la autopista pasaron por allí, pero ninguno paró. Unos porque venían a tal velocidad que ni lo vieron, otros porque no se fiaban de parar a un hombre a esas horas por esos parajes. Rodrigo estaba empezando a perder los papeles, las lágrimas le corrían por las mejillas, las manos le temblaban sin poder controlarlas y gritaba :-¿Alguien me oye? ¿Alguien puede ayudarme?-. Ya no sabía qué hacer, abandonó el coche, salió a pie en dirección al hospital, echando el alto a los pocos vehículos que pasaban. Ninguno paraba . Él sabía que no podría correr durante mucho más rato y que así nunca llegaría. ?¿Por qué no caí en coger el móvil??. Vio que, lejos, venía otro coche en su dirección. Se decidió a parar a este como fuera y se puso en mitad de la carretera con los brazos en alto. -¡Pare!. ¡Pare!. ¡Por favor, pare!-. El auto no parecía aminorar la velocidad, pero Rodrigo no pensaba apartarse.
Cuando el conductor se dio cuenta de que había un hombre en medio de la carretera, pisó el freno todo lo fuerte que pudo, pero ya era demasiado tarde, el hombre golpeó el parachoques.
Rodrigo no sentía dolor, sólo angustia por no poder ver a su familia, un inmenso sudor le inundaba todo el cuerpo, sólo sentía calor, mucho calor... De repente, como por la acción de un potente muelle, Rodrigo se incorporó. -¡Que calor!-. Miró a su alrededor, abrió los ojos de par en par. No lo podía creer. Soltó aire como si tuviera un colchón hinchable metido en sus pulmones. ?¡Estoy en mi cama!. ¡Ha sido un sueño!?. Rodrigo sudaba por todo el cuerpo, se miró las manos que le temblaban. Sintió que se asfixiaba de calor, lo mejor sería darse una ducha para relajarse, no sin antes haberse bebido un buen trago de agua para reponer todo el líquido perdido por el sudor.
Se dirigió a la cocina con paso lento, medio arrastrando los pies, rascándose la cabeza al tiempo que bostezaba. Tomó un vaso del mueble, notando como todavía le temblaba la mano, abrió el frigorífico, donde siempre tenía una botella de agua fresca, llenó el vaso notando el frescor en su mano, la acercó a sus labios y, en ese mismo instante, con el primer sorbo de agua dentro de la boca, un ?Tuuut- tuuut? que, aunque le parecía familiar, no tenía del todo controlado, rompió el silencio de la casa.

Pablo A. Noviembre 2004

pareceres

pareceres

Qué te parece un lama sin Buda,
un perro sin unas pulgas que rascar,
el ruin coche que no quiere arrancar,
o la concreción vestida de duda.

El vil despertador aún dormido,
tres viajes rotos a ninguna parte,
el artista sin su obra de arte,
un amor, sin un corazón dolido.

La fea esquina sin la bella puta,
unas cañas ausentes de sus tapas,
un cine vacío sin las butacas,
la madre Teresa, sin su Calcuta.

El verano sin un triste romance,
una cita ya, sin saber la hora,
la ropa limpia en la lavadora,
un exorcismo con extraño, sin trance.

Así me desvisto por las mañanas,
con ropa usada que no es de mi talla,
vistiendo un disfraz azul de canalla,
y con un salvado por la campana.

Y así escribo sin ayuda de musa,
sin nombre gris en la cara que veo,
sin una excusa para mi cabreo,
y un cabreo, del que usted me excusa...

© wilipokit "pareceres" (para Jimul)