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Calavera Infernal

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Temas

MUDANZA

20051022211713-Movers.jpgNos mudamos a la siguiente dirección http:inferno.zoomblog... Es el Bajo con unas reformas minimalistas, o Animalistas, vaya usted a saber
22/10/2005 20:45 sin tema Hay 4 comentarios.

Cocina Infernal

20051022135107-cocina infernal.jpgComo veo que No sólo de pan vive el hombre, el amigo Goreño se ha comprometido a enviarme recetas de Cocina... Y la amiga Techy de los postres... Para que los podáis hacer y relamer en casa... Si alguno tiene recetas, que me las envíe a mi correo de yahoo. Saludos y buen provecho.
22/10/2005 13:51 Goreño Hay 2 comentarios.

Lo prometido es deuda....

1973.jpgShhhh.... No digan nada, le había prometido a Jimul una foto en topless, pero ésta es la más reciente que tengo! (igual, no he cambiado mucho en ese aspecto...) :P
19/10/2005 05:21 Nofret Hay 16 comentarios.

Pechos de lluvia

Pechos.jpgTus pechos son de lluvia,
me decía un amigo poeta.
Como es normal mi curiosidad
quedó impactada por tal comparación,
y me acerqué a él.
"Sí, desde aquí percibo tus aromas...
Déjame que mire ahora".
Entonces, como este mundo de los artisteros
es liberal y todo es de todos,
mostré orgullosa mis pechos a aquel caballero.
¡¡Doy fe de que seguro que más de una
tormenta habrán causado!!, decía anonadado.
Ay, lo que son las palabras en el ego femenino.
Como mujer me dejaba acariciar por ellas,
y él acaraciciaba, vaya que sí.
"Y tu manantial es de fresco jugo",
mientras, avezado, ya introducía la mano.
Yo encantada con aquellos versos,
volaba entre nubes de ego abierto,
pero de par en par, porque él ya
entraba y salía, en el agujero.
Más que mujer, era sirena,
y más que eso: princesa.
Luego muté a paloma,
gacela y pantera.
Mientras me embestía,
más versos salían de sus labios,
sólo que esta vez más marranos.
Mi ego crecía desmesurado, él,
que si te la meto por el ano.
Ahí le miré un poco extrañada, no crean,
pero después de ser sirena...
un par de vueltas no cuentan.
Y así yacimos como perros,
el poeta amante y mi ego abierto.
¡Qué grandes son los poetas,
que encandilan el orgullo
mientras te dan por el culo!
18/10/2005 20:29 Shenka Hay 8 comentarios.

El Hombre del piano

esbozo-piano.jpgEsta es la historia de un sábado
de no importa que mes
Y de un hombre sentado al piano
de no importa que viejo café.

Toma el vaso y le tiemblan las manos
apestando entre humo y sudor
y se agarra a su tabla de náufrago
volviendo a su eterna canción
La la la la la la la .....

Toca otra vez viejo perdedor
haces que me sienta bien
es tan triste la noche que tu canción
sabe a derrota y a miel

Cada vez que el espejo de la pared
le devuelve mas joven la piel
se le encienden los ojos y su niñez
viene a tocar junto a él
Pero siempre hay borrachos con babas
que le recuerdan quién fue
el mas joven maestro al piano
vencido por una mujer

La ra la la la la la la......

Ella siempre temio echar raíces
que pudieran sus alas cortar
y en la jaula metida, la vida se le iba
y quiso sus fuerzas probar
No lamenta que de malos pasos
aunque nunca desea su mal
Pero a ratos con furia golpea el piano
y hay algunos que le han visto llorar

La ra la lara la lara la lara la........

Toca otra vez viejo perdedor
haces que me sienta bien
es tan triste la noche que tu canción
sabe a derrota y a miel

El micrófono huele a cerveza
y el calor se podría cortar
solitarios oscuros buscando pareja
apurándose un sábado mas

Hay un hombre aferrado a un piano
la emoción empapada en alcohol
y una voz que le dice: “pareces cansado”
y aún no ha salido ni el sol

La ra larala la la la lara la......

Toca otra vez viejo perdedor
haces que me sienta bien
es tan triste la noche que tu canción
sabe a derrota y a miel

(De Ana Belén)
17/10/2005 11:19 Calavera Hay 4 comentarios.

hijos1.gif(Esta canción fue un himno en su tiempo... Ahora deseo que sea el himno del Infierno... Dedicado a todos vosotros)

La Biblia cuenta un historia
que un Dios terrible dictó
el drama de dos hermanos
el justo y el traidor
Abel mezquino y cobarde
el siervo de su señor
Caín que no entró en el juego
y que se reveló
te maldigo truena la voz de su juez
padre nuestro que nos privó del Edén
Caín rompió con un gesto
su yugo de esclavitud
huyó del ojo implacable
llevo su propia cruz
perseguido por quebrantar una ley
que no entiende y que no cuenta con el
sufrirás morirás esta es su voluntad
pero aún hay aquí hijos de Caín.
La estirpe del fugitivo
creció y se multiplicó
el signo que los margina
ya nunca se borró.
Te maldigo claman los hijos de Abel
a la diestra de su señor el poder
sufrirás morirás esta es su voluntad
pero aún hay aquí hijos de Caín.
Quizá los hombres seamos
a un tiempo Abel y Caín
quizás algún día destruya lo oscuro que hay en mi
el destino no está marcado al nacer
yo he elegido ser lo que siempre seré
Hijo de Caín
Hijos de Caín
hijos de Caín
hijos de Caín....

Autor: Barón Rojo.
14/10/2005 18:40 Calavera Hay 6 comentarios.

EL ANILLO DEL REY

El anillo del Rey.jpgHubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

-Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores
diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje
que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis
herederos,y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser
un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber
escrito grands tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres
palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total...
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su
padre.La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por
tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso
respeto por el anciano, de modo que también lo consultó.
Y éste le dijo:

-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje.

durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente,
y en una ocasión me encontré con un Sacerdote. Era invitado de tu padre y
yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me
dio este mensaje, el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y
se lo dio al rey, diciéndo:

Pero no lo leas le dijo, mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo
cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres
salida a la situación."

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el
reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo
perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un
lugar donde el camino se acababa, no había salida:

Enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin.
no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar
el trotar de los caballos.
No podía seguir hacia adelante y no había ningún otro camino...

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró
un pequeño mensaje tremendamente valioso:

Simplemente decía... "ESTO TAMBIÉN PASARÁ".

Mientras leía "esto también pasará" sintió que se cernía sobre él un gran
silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el
bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a
poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía
profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas
palabras habían resultado milagrosas.

Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y
reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la
capital.

Hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy
orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

-Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

-¿Qué quieres decir? preguntó el rey. Ahora estoy victorioso, la gente
celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación
sin salida.

Escucha, dijo el anciano: este mensaje no es sólo para situaciones
desesperadas; también es para situaciones placenteras.
No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes
victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando
eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje:

"Esto también pasará",

y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la
muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había
desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había
iluminado. Entonces el anciano le dijo:

-RECUERDA QUE TODO PASA.

Ninguna cosa, ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche,
hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la
dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.

GRÁBATELO BIEN EN TU CABEZA Y EN TU CORAZÓN"
13/10/2005 18:32 Era Hay 2 comentarios.

Menudo Cuento

cuento.gifEsta Momia está juguetona últimamente y desea que le contemos la continuación de los cuentos de toda la vida... Vamos que se haga un seguimiento de aquellas historias. Yo, voy a comenzar con una, que como ya la tenía hecha (jejejejjejje)... Se titula:

El Gran Constructor Cuentil:

Y cuentan, que el Lobo Joe (destructor de las casas de los cerditos) harto ya de ser un marginado social, y sólo trabajar como matón a sueldo; decidió invertir la fortuna de su primo-hermano Primitivo (lobo muerto por la Banda Roja de la Sra. Caperucita, pero eso es otro cuento) en los terrenos adyacentes a la casa de los cerditos. Y tras pagarle una borrachera a los cerditos, se hizo con los planos de la última casa, montando una constructora llamada “Pingüe Dentellada” y en poco tiempo tiempo fue un admirado y distinguido constructor de la comunidad Cuentil.
10/10/2005 12:03 Nofret Hay 5 comentarios.

Y su nombre era Luar

113335.jpg(Sacado de espaciolatino.com. Aprovecho esta magnífica historia para dedicársela a Gisela y a Jesús, donde estéis)

–Sé que va a ser difícil que me creas, pero te juro que es verdad, – dijo Mauricio con expresión sombría, mientras daba otra chupada a su cigarrillo.

–No veo por qué no habría de creerte. Cuéntame; te escucho. –lo animé.

Estábamos sentados en el murallón a la orilla de la bahía. Agonizaba la tarde en aquel domingo de verano, pero la temperatura era todavía sofocante. No muy lejos, sobre unas rocas, cientos de gaviotas se amontonaban preparándose para pasar la noche. Algunos metros detrás nuestro el tránsito de vehículos era intenso; la gente regresaba de las playas. Del otro lado de la bahía el perfil de la ciudad y el colosal puente de acero –cual gigantesco dinosaurio vigilando la entrada de la bahía – formaban una vista impresionante. Muchas veces iba a ese lugar a disfrutar de aquel panorama, uno de los más espectaculares de Sydney. Esa tarde tan calurosa había decidido acercarme allí a gozar del aire fresco de la costa cuando casualmente me encontré con Mauricio, a quien hacía años que no veía. Mientras caminaba por la avenida que bordea la bahía, le había visto sentado en el murallón contemplando el mar. Al acercarme nos habíamos reconocido.

–¡Daniel! ¡Cuánto me alegro de verte! – me había dicho extendiéndome la mano con cordialidad.

Y mientras conversábamos sobre trivialidades, comprendí que algo en su mente parecía poner un peso enorme sobre sus hombros.

–Conozco bien este lugar –me dijo. –Cuando estaba casado con Ligia, vivíamos en un departamento ahí a la vuelta y veníamos a caminar por aquí. Aquellos eran los good old days, como se dice aquí.

–¿La has vuelto a ver?

–No. Después del divorcio ella se volvió a casar y se fue a vivir a Melbourne. –Luego de un momento agregó: –¿Y tú ahora vives por aquí?

–No –respondí –Yo vivo donde siempre; pero me gusta venir aquí y en el coche me toma sólo quince minutos, por lo que vengo con frecuencia.

Hubo un momento de silencio. Hacia el oeste las nubes adquirían fuertes tonalidades violáceas, y los altos edificios de la ciudad se transformaban en una negra silueta que se iba moteando de luces. Un pequeño velero se acercaba lento a su lugar de amarre. Una señora que paseaba su perro pasó junto a nosotros sin mirarnos. Un chico en su bicicleta cruzó raudo, casi rozándonos. “Sorry, sir” dijo con cortesía.

–Yo también vengo aquí muy a menudo, –comentó Mauricio, luego de unos minutos.

–¿Nostalgia de los good old days? –pregunté con algo de ironía.

–Bueno, al principio sí, pero ahora es por otra cosa. Pero no sé si me vas a creer.

–Por favor, habla. Te escucho. –Había conseguido despertar mi curiosidad.

–Mira, es mejor que caminemos, porque todo comenzó una noche, hace unos tres meses, en aquella esquina –dijo, y me señaló una bocacalle a unos cincuenta metros de distancia, en la que había una parada de autobús y una estación de gasolina. Luego prosiguió:

–Era un sábado y como siempre, vine a caminar por aquí porque me recordaba tiempos felices. Era un atardecer agradable; se oía música de un ferry que navegaba lentamente por la bahía. Luego de una hora o algo así decidí volver a casa. Al llegar a la parada del autobús, esa que ves allí, me detuve a esperar el mío. En ese momento la vi; delgada, de pelo negro, rostro pálido y ojos vivaces de un color indefinido, muy atractiva, no sé por qué tuve de inmediato la impresión de que hablaba nuestro idioma. Llevaba un vestido blanco y en el porte me recordó a Ligia, aunque… solamente en eso; al acercarse noté que era más joven… y mucho más bonita. Me miró y sonrió; me sentí tan atraído por aquella sonrisa, que decidí hablarle. Pero ella se me adelantó: “Hola”, dijo. “¿Ah, hablas español?”, le pregunté algo sorprendido. “Claro; igual que tú,” fue su respuesta. “¿Y cómo sabes que yo…?” le pregunté. “Pues no puedes negar que eres de mi tierra”, me dijo. “Tu aspecto… tu rostro, te delatan”.

“Entablamos conversación y enseguida me sentí cautivado por aquella joven mujer. Tenía algo especial, y aquella sonrisa serena, que no se borraba de su rostro ni por un instante, me resultaba irresistible. Caminamos juntos hasta aquella esquina, muy calmos, hablando apenas, y luego regresamos; ella parecía no tener prisa, y yo me encontraba muy a gusto. Ella me tomó el brazo y yo no pude contenerme y le acaricié el cabello y la mejilla; el contacto tibio de aquella piel me produjo una sensación como hacía mucho que no sentía. En esos momentos vi que se aproximaba un autobús y le pregunté si era el suyo. Sin dejar de sonreír negó con la cabeza y suavemente la recostó en mi hombro. El autobús se detuvo y descendieron dos señoras mayores; nos miraron con indiferencia, una de ellas sonrió con amabilidad, y se alejaron. El autobús partió y nuevamente quedamos solos en la noche serena. De pronto tuve un impulso súbito, le enlacé la cintura y la besé con pasión. Ella se entregó al beso sin resistirse. Entonces le dije ‘Mi nombre es Mauricio; ¿cómo te llamas tú?’ Estuvo un momento en silencio y luego habló: ‘Luar’, dijo casi en un susurro. ‘¿Luar? Qué nombre extraño’ le dije, ‘¡pero qué hermoso!’ Ella hizo un gesto alegre con la mano. ‘Fue idea de mi padre’, dijo, ‘por una novia brasileña que tuvo…’.”

Mauricio interrumpió su relato por un momento, se pasó la mano por el cabello y se detuvo. Habíamos llegado a la parada del autobús, y noté que miraba nervioso a su alrededor como esperando ver a alguien. Encendiendo otro cigarrillo continuó:

“No me contó nada de sí misma, pero yo me encontraba tan a gusto que no me preocupé en saber más. Al cabo de un rato comprendí que no podíamos quedarnos allí indefinidamente y le dije: ‘Te invito a cenar, ¿quieres?’ ‘Estupenda idea’ dijo, sin dejar de sonreír, y luego recostó con ternura su rostro contra mi pecho. Le acaricié el cabello y por un instante pensé que aquello era demasiado hermoso; era como un sueño. –Mauricio hizo una pausa. –Pero no era un sueño, Daniel; sucedió aquí mismo. Le pregunté entonces: ‘¿Conoces algún sitio donde podamos comer algo?’ ‘Sí, ven conmigo’ respondió y me tomó la mano. Caminamos hacia allá, ¿ves? y donde está aquella farmacia doblamos a la derecha. A un par de cuadras de allí hay una vieja casona, que estaba muy iluminada, y a ella nos dirigimos. Era un restaurante, y estaba bastante concurrido. En un jardín bien cuidado había mesas con sombrillas, al estilo europeo. Entramos; ella se adelantó y habló un instante con un camarero; él le señaló una habitación a la izquierda y ella, tomándome la mano de nuevo me condujo a la misma. El restaurante ocupaba tres o cuatro habitaciones de la planta baja. Ella eligió una mesa junto a un ventanal, y nos sentamos. Una música suave, de allá de nuestra tierra, se oía en algún lado. Mientras leíamos el menú pude examinarla con calma; era realmente hermosa. En el dorso de su mano derecha noté un pequeño tatuaje. Suavemente le tomé la mano y la observé de cerca: era una flor. ‘¿Y esto?’ le pregunté. ‘Es una larga historia’ me contestó ‘Fue por una apuesta tonta, después te contaré’. Ella eligió los platos y cenamos ligeramente pues ninguno de los dos tenía mucho apetito. Recuerdo que hablamos de música. Ella no parecía querer hablar de sí misma y yo opté por no preguntar. Bebimos una botella de vino y después de un rato yo me sentí algo mareado. Mientras tomábamos el café decidí contarle algo de mí; le hablé de mi matrimonio, de cómo Ligia me había jugado sucio, lo del divorcio y demás. Ella me escuchaba atenta, mirándome con su dulce sonrisa. Le tomé la mano, y ella jugueteó un buen rato con mis dedos.

“Luego del café ella dijo ‘Ven conmigo’. Miré mi reloj; eran más de las diez. Se levantó tomándome la mano y por una larga escalera me condujo al segundo piso; caminamos por un pasillo y entramos a una habitación en penumbras. Había allí una cama, varios muebles y una ventana que mostraba la bahía en todo su esplendor. Una luna llena se había levantado sobre el horizonte y lucía redonda y enorme como sonriendo a través del cristal; su luz iluminaba tenuemente la habitación. Ella me abrazó con lentitud y acarició mis cabellos con suavidad; recostó su cara contra mi pecho y yo aspiré aquel perfume que me embriagaba. Un momento más tarde no pude contenerme: la levanté en mis brazos y la deposité sobre el lecho. Comencé a desvestirla y el contacto de su piel me excitó más aún. La luz de la luna se reflejó en su cuerpo desnudo y pude apreciar la perfección de sus formas”.

Mauricio hizo una pausa, y luego de un instante continuó:

“De pronto mi mente tuvo un instante de lucidez. ¿Cómo aquella mujer tan hermosa se ofrecía a mí apenas tres horas después de conocerme? Además, ella conocía bien la casa; era evidente que había estado allí muchas veces. ¿No sería una ‘pro’? Entonces le tomé ambas manos y le dije: ‘Luar, perdóname, pero… ¿cómo es que conoces este lugar tan bien?’ Entonces ella se sentó en la cama y sin dejar de sonreír, me miró por un momento sin hablar; finalmente dijo: ‘Cariño, este restaurante es de mi familia. Ese camarero es mi hermano’. El oírle llamarme ‘cariño’ me causó una emoción que no puedo describirte; ¡hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así! Su explicación parecía tener sentido, pero mi mente lógica no estaba conforme. ‘¿Y tú haces esto en forma regular? ¿Traes clientes de esta manera?’, le pregunté con cierta ironía. Entonces, por primera vez dejó de sonreír y su rostro se ensombreció. Con lentitud tomó la sábana y cubrió con ella su desnudez. ‘No, no pienses eso; por favor. Lo que pasa es que… tú me gustas mucho… desde el momento que te ví… no sé, creo que me estoy enamorando de ti’. ‘¿Pero cómo es posible, si apenas nos conocemos?’ le dije incrédulo, aunque también yo sentía por ella una tremenda atracción. Ella continuó: ‘Está bien, te seré sincera; es porque tú… me recuerdas a alguien. Eres como la reencarnación de alguien que hace mucho tiempo… fue muy importante para mí’. Y luego de un prolongado silencio, me contó que unos años antes, su prometido, con sólo veinticinco años, había muerto en un accidente automovilístico.”

Mauricio hizo una pausa en su narración y encendió otro cigarrillo. La expresión de su rostro me empezó a preocupar.

–Lo que sucedió después –dijo mirándome fijamente –es lo más increíble. Esto no se lo he contado a nadie, Daniel, porque… –se interrumpió –Mira, no te culpo si no me crees, pero … no pienses que he perdido el juicio, ¡te lo suplico!

–Yo no pienso nada; por favor, sigue contando; te hará bien compartirlo con alguien, –le urgí con mi curiosidad en aumento.

–Pues… no muy convencido de que lo que me contó fuera cierto, cuando ella comenzó a acariciarme nuevamente comprendí que no podría resistir más, y le dije: ‘Mira, creo que deberíamos tomar precauciones, ¿no crees?’ Me miró esbozando una sonrisa y movió la cabeza en un gesto ambiguo. ‘Como tú digas’; dijo en un susurro, mientras me besaba en la mejilla. ‘Allí en la esquina hay una farmacia. Voy y vuelvo en un minuto’, le propuse. ‘Está bien, haz lo que quieras, cariño’ me dijo y se recostó en la almohada, mirando hacia el ventanal. La luna le iluminó el rostro, y sus ojos reflejaron su luz en forma extraña. En mi vida he visto algo tan bello, Daniel. ¡No te lo puedes imaginar!”

Una vez más Mauricio se quedó callado mirando al vacío, y tuve que insistir, impaciente:

–¿Qué pasó después? ¡Cuéntame!

–Pues… por un momento vacilé. Pero pensé en estas enfermedades que hay ahora, como el Sida y demás. Salí de allí y me dirigí rápido a la farmacia; no habré tardado más de algunos minutos, pues la farmacia había cerrado. Cuando regresé a la casa, asómbrate, Daniel, ¡todo estaba a oscuras y en total silencio! Por un momento pensé que habría llegado la hora de cierre, pero al acercarme noté con asombro que aquella casa estaba deshabitada. El césped del frente era un pastizal. Los vidrios de algunas ventanas aparecían rotos, y todo el lugar daba la impresión de abandono. Estuve unos minutos sin saber qué hacer. Por fin me decidí y acercándome a la puerta golpeé varias veces. Inútil; la casa estaba desierta. Fue tal la confusión que me asusté, te confieso, y me alejé corriendo. Cuando encontré un taxi, lo tomé y me fui a mi casa sin saber qué creer ni qué hacer.

Mauricio hizo una pausa y yo me atreví a sugerir:

–¿No sería… el vino, Mauricio? ¿O un sueño, tal vez?

Me miró con una expresión de angustia y respondió:
07/10/2005 21:00 Apócrifo Hay 7 comentarios.

Mitos y Leyendas. (II)

loboa.jpgLa mente herida

Quizá nunca hayas pensado en esta cuestión, pero en mayor o en menor medida, todos nosotros somos maestros. Somos maestros porque tenemos el poder de crear y de dirigir nuestra propia vida.
De la misma manera en que las distintas sociedades y religiones de todo el mundo han creado una mitología increíble, nosotros creamos la nuestra. Nuestra mitología personal está poblada de héroes y villanos, ángeles y demonios, reyes y plebeyos. Creamos una población entera en nuestra mente e incluimos múltiples personalidades para nosotros mismos. Después, adquirimos dominio sobre la imagen que vamos a utilizar en determinadas circunstancias. Nos convertimos en artistas del fingimiento y de la proyección de nuestra imagen y en maestros de cualquier cosa que creemos ser. Cuando conocemos a otras personas las clasificamos de inmediato según lo que nosotros creemos que son. Y actuamos del mismo modo con todas las personas y cosas que nos rodean.
Tienes el poder de crear. Tu poder es tan fuerte que cualquier cosa que decidas creer se convierte en realidad. Te creas a ti mismo, sea lo que sea que creas que eres. Eres como eres porque eso es lo que crees sobre ti mismo. Toda tu realidad, todo lo que crees, es fruto de tu propia creación. Tienes el mismo poder que cualquier otro ser humano en el mundo. La principal diferencia entre otra persona y tú estriba en la manera en que aplicas tu poder y en lo que creas con él. Tal vez te parezcas a otras personas en muchas cosas, pero no todo el mundo vive la vida de la misma manera que tú.
Has practicado toda tu vida para ser quien eres y lo haces tan bien que te has convertido en un maestro de lo que crees que eres. Eres un maestro de tu propia personalidad y de tus propias creencias; dominas cada acción y cada reacción. Practicas durante años y años hasta que alcanzas el nivel de maestría para ser lo que crees que eres. Y cuando por fin comprendemos que todos nosotros somos maestros, llegamos a ver qué tipo de maestría tenemos.
Cuando un niño tiene un problema con alguien, y se enfada, por la razón que sea, el enfado hace que el problema desaparezca y de este modo obtiene el resultado que quería. Entonces, vuelve a ocurrir, y vuelve a reaccionar con enfado, ya que ahora sabe que, si se enfada, el problema desaparecerá. Pues bien, después practica y practica hasta llegar a convertirse en un maestro del enfado.
Pues bien, de esta misma manera es como nos convertimos en maestros de los celos, en maestros de la tristeza o en maestros del auto-rechazo. Toda nuestra desdicha y nuestro sufrimiento tienen su origen en la práctica. Establecemos un acuerdo con nosotros mismos y lo practicamos hasta que llega a convertirse en una maestría completa. El modo en que pensamos, el modo en que sentimos y el modo en que actuamos se convierte en algo tan rutinario que dejamos de prestar atención a lo que hacemos. Nos comportamos de una manera determinada sólo porque estamos acostumbrados a actuar y a reaccionar así.
Pero para convertirnos en maestros del amor tenemos que practicar el amor. El arte de las relaciones también es una maestría completa y el único modo de alcanzarla es mediante la práctica. Por consiguiente, para llegar a ser maestro en una relación hay que actuar. No se trata de adquirir determinados conceptos ni de alcanzar un conocimiento en concreto. Es una cuestión de acción. Ahora bien, evidentemente, para actuar es preciso contar con algún conocimiento o al menos con una mayor conciencia de la manera en que funcionamos los seres humanos.
Quiero que te imagines que vives en un planeta donde todas las personas padecen una enfermedad en la piel. Durante dos mil o tres mil años, la gente de este planeta ha sufrido la misma enfermedad: todo su cuerpo está cubierto de heridas infectadas, que cuando se tocan, duelen de verdad. Evidentemente, la gente cree que esta es la fisiología normal de la piel. Incluso los libros de medicina describen dicha enfermedad como el estado normal. Al nacer la piel está sana, pero a los tres o cuatro años de edad, empiezan a aparecer las primeras heridas y en la adolescencia, cubren todo el cuerpo.
¿Puedes imaginarte cómo se tratan esas personas? Para relacionarse entre sí tienen que proteger sus heridas. Casi nunca se tocan la piel las unas a las otras porque resulta demasiado doloroso, y si, por accidente, le tocas la piel a alguien, el dolor es tan intenso que de inmediato se enfada contigo y te toca a ti la tuya, sólo para desquitarse. Aun así, el instinto del amor es tan fuerte que en ese planeta se paga un precio elevado para tener relaciones con otras personas.
Bueno, imagínate que un día ocurre un milagro. Te despiertas y tu piel está completamente curada. Ya no tienes ninguna herida y no te duele cuando te tocan. Al tocar una piel sana se siente algo maravilloso porque la piel está hecha para la percepción. ¿Puedes imaginarte a ti mismo con una piel sana en un mundo en el que todas las personas tienen una enfermedad en la piel? No puedes tocar a los demás porque les duele y nadie te toca a ti porque piensan que te dolerá.
Si eres capaz de imaginarte esto, podrás comprender que si alguien de otro planeta viniera a visitarnos tendría una experiencia similar con los seres humanos. Pero no es nuestra piel la que está llena de heridas. Lo que el visitante descubriría es que la mente humana padece una enfermedad que se llama miedo. Al igual que la piel infectada de los habitantes de ese planeta imaginario, nuestro cuerpo emocional está lleno de heridas, de heridas infectadas por el veneno emocional. La enfermedad del miedo se manifiesta a través del enfado, del odio, de la tristeza, de la envidia y de la hipocresía, y el resultado de esta enfermedad son todas las emociones que provocan el sufrimiento del ser humano.
Todos los seres humanos padecen la misma enfermedad mental. Hasta podríamos decir que este mundo es un hospital mental. Sin embargo, esta enfermedad mental ha estado en el mundo desde hace miles de años. Los libros de medicina, psiquiatría y psicología la describen como un estado normal. La consideran normal, pero yo te digo que no lo es.
Cuando el miedo se hace demasiado intenso, la mente racional empieza a fallar y ya no es capaz de soportar todas esas heridas llenas de veneno. Los libros de psicología denominan a este fenómeno enfermedad mental. Lo llamamos esquizofrenia, paranoia, psicosis, pero la verdad es que estas enfermedades aparecen cuando la mente racional está tan asustada y las heridas duelen tanto, que es preferible romper el contacto con el mundo exterior.
Los seres humanos vivimos con el miedo continuo a ser heridos y esto da origen a grandes conflictos dondequiera que vayamos. La manera de relacionarnos los unos con los otros provoca tanto dolor emocional que, sin ninguna razón aparente, nos enfadamos y sentimos celos, envidia o tristeza. Incluso decir «te amo» puede resultar aterrador. Pero, aunque mantener una interacción emocional nos provoque dolor y nos dé miedo, seguimos haciéndolo, seguimos iniciando una relación, casándonos y teniendo hijos.
Debido al miedo que los seres humanos tenemos a ser heridos y a fin de proteger nuestras heridas emocionales, creamos algo muy sofisticado en nuestra mente: un gran sistema de negación. En ese sistema de negación nos convertimos en unos perfectos mentirosos. Mentimos tan bien, que nos mentimos a nosotros mismos e incluso nos creemos nuestras propias mentiras.
No nos percatamos de que estamos mintiendo, y en ocasiones, aun cuando sabemos que mentimos, justificamos la mentira y la excusamos para protegernos del dolor de nuestras heridas.
El sistema de negación es como un muro de niebla frente a nuestros ojos que nos ciega y nos impide ver la verdad. Llevamos una máscara social porque resulta demasiado doloroso vernos a nosotros mismos o permitir que otros nos vean tal como somos en realidad. El sistema de negación nos permite aparentar que toda la gente se cree lo que queremos que crean de nosotros. Y aunque colocamos estas barreras para protegernos y mantener alejada a la gente, también nos mantienen encerrados y restringen nuestra libertad. Los seres humanos se cobijan y se protegen y cuando alguien dice: «Te estás metiendo conmigo», no es exactamente verdad. Lo que sí es cierto es que estás tocando una de sus heridas mentales y él reacciona porque le duele.
Cuando tomas conciencia de que todas las personas que te rodean tienen heridas llenas de veneno emocional, empiezas a comprender las relaciones de los seres humanos en lo que los toltecas denominan el sueño del infierno. Desde la perspectiva tolteca todo lo que creemos de nosotros y todo lo que sabemos de nuestro mundo es un sueño. Si examinas cualquier descripción religiosa del infierno te das cuenta de que no difiere de la sociedad de los seres humanos, del modo en que soñamos. El infierno es un lugar donde se sufre, donde se tiene miedo, donde hay guerras y violencia, donde se juzga y no hay justicia, un lugar de castigo infinito. Unos seres humanos actúan contra otros seres humanos en una jungla de predadores; seres humanos llenos de juicios, llenos de reproches, llenos de culpa, llenos de veneno emocional: envidia, enfado, odio, tristeza, sufrimiento. Y creamos todos estos pequeños demonios en nuestra mente porque hemos aprendido a soñar el infierno en nuestra propia vida.
Todos nosotros creamos un sueño personal propio, pero los seres humanos que nos precedieron crearon un gran sueño externo, el sueño de la sociedad humana. El Sueño externo, o el Sueño del Planeta, es el Sueño colectivo de billones de soñadores. El gran Sueño incluye todas las normas de la sociedad, sus leyes, sus religiones, sus diferentes culturas y sus diferentes formas de ser. Toda esta información almacenada dentro de nuestra mente es como mil voces que nos hablan al mismo tiempo. Esto es lo que los toltecas denominan el mitote.
Pero lo que nosotros somos en realidad es puro amor; somos Vida. Y lo que somos en realidad no tiene nada que ver con el sueño, pero el mitote nos impide verlo. Cuando contemplas el sueño desde esta perspectiva, y cobras conciencia de lo que eres, comprendes cuán absurdo resulta el comportamiento de los seres humanos, y entonces, se convierte en algo divertido. Lo que para todos los demás parece un gran drama para ti es una comedia. Ves de qué modo los seres humanos sufren por algo que carece de importancia, algo que ni siquiera es real. Pero no tenemos otra opción. Nacemos en esta sociedad, crecemos en esta sociedad y aprendemos a ser como todos los demás, actuando y compitiendo continuamente de un modo absurdo.
Ahora bien, imagina por un momento que pudieses visitar un planeta en el que toda la gente tuviera una mente emocional distinta. La manera en que se relacionarían los unos con los otros sería siempre feliz, siempre amorosa, siempre pacífica. Ahora imagínate que un día te despiertas en ese planeta y que ya no tienes heridas en tu cuerpo emocional. Ya no tienes miedo de ser quien eres. Ya no te importa lo que la gente diga de ti, porque no te lo tomas como algo personal y ha dejado de producirte dolor. Así que ya no necesitas protegerte más. No tienes miedo de amar, de compartir, de abrir tu corazón. Ahora bien, esto sólo te ha ocurrido a ti. ¿Cómo te relacionarás con la gente que padece heridas emocionales y que está enferma de miedo?
Cuando un ser humano nace, su mente y su cuerpo emocional están completamente sanos. Quizás hacia el tercer o cuarto año de edad empiecen a aparecer las primeras heridas en el cuerpo emocional y se infecten con veneno emocional. Pero, si observas a los niños de dos o tres años y te fijas en su manera de comportarse, verás que siempre están jugando. Los verás reírse sin parar. Su imaginación es muy poderosa y su manera de soñar una auténtica aventura de exploración. Cuando algo va mal reaccionan y se defienden, pero, después, sencillamente se olvidan y vuelven a centrar su atención en el momento presente para seguir jugando, explorando y divirtiéndose. Viven el momento. No se avergüenzan del pasado y no se preocupan por el futuro. Los niños pequeños expresan lo que sienten y no tienen miedo a amar.
Por eso los momentos más felices de nuestra vida son aquellos en los que jugamos como si fuéramos niños, cuando cantamos y bailamos, cuando exploramos y creamos con el único propósito de divertirnos. Cuando nos comportamos como niños nos resulta maravilloso porque ese es el estado normal de la mente humana, la tendencia natural. Somos inocentes, igual que los niños, y para nosotros es normal expresar amor. Pero ¿qué nos ha ocurrido? ¿Qué le ha ocurrido al mundo entero?
Lo que ha sucedido es que, cuando éramos pequeños, los adultos ya padecían esa enfermedad mental, una enfermedad altamente contagiosa. ¿Y cómo nos la transmitieron? Captando nuestra atención y enseñándonos a ser como ellos. Así es como trasladamos nuestra enfermedad a nuestros niños y así es como nuestros padres, nuestros profesores, nuestros hermanos mayores y toda una sociedad de gente enferma nos la contagió a nosotros. Captaron nuestra atención, y, mediante la repetición, llenaron nuestra mente de información. De este modo aprendimos, y de este modo programamos una mente humana.
El problema reside en el programa, en la información que hemos almacenado en nuestra mente. Una vez captada la atención de los niños, les enseñamos un lenguaje, les enseñamos a leer, a comportarse y a soñar de un modo determinado. Domesticamos a los seres humanos de la misma manera que domesticamos a un perro o a cualquier otro animal: con castigos y premios. Esto es perfectamente normal. Lo que llamamos educación no es otra cosa que la domesticación del ser humano.
Al principio tenemos miedo de que nos castiguen, pero más tarde también tenemos miedo de no recibir la recompensa, de no ser lo bastante buenos para mamá o papá o un hermano o un profesor. De este modo es como nace la necesidad de ser aceptado. Antes de eso no nos importa si lo estamos o no. Las opiniones de la gente no son importantes y no lo son porque sólo que¬remos jugar y vivir en el presente.
El miedo a no conseguir la recompensa se convierte en el miedo a ser rechazado. Y el miedo a no ser lo bastante buenos para otra persona es lo que hace que intentemos cambiar, lo que nos hace crear una imagen. Imagen que intentamos proyectar según lo que quieren que seamos, sólo para ser aceptados, sólo para recibir el premio. De este modo aprendemos a fingir que somos lo que no somos y perseveramos en ser otra persona con la única finalidad de ser lo suficientemente buenos para mamá, papá, el profesor, nuestra religión o quienquiera que sea. Y con este fin practicamos incansablemente hasta que nos convertimos en maestros de ser lo que no somos.

(Continúa)
06/10/2005 12:56 Era No hay comentarios. Comentar.


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